martes, 17 de mayo de 2011

Más allá del arte

El año pasado buscando información para un trabajo, encontré una imagen que me llamó mucho la atención. He creído conveniente hablar de ella y por eso os la muestro.

Es una imagen que causa distintas sensaciones, algunas, contradictorias entre ellas, pero que en realidad todas despiertan la curiosidad por investigar un poco acerca de esa fotografía, y si se debe sólo a una foto artística o va más allá de eso y, cómo no, es una foto que refleja una realidad que a veces es desconocida para muchos de nosotros. Aquí os dejo la imagen en cuestión, juzgad vosotros mismos.


La imagen en cuestión es de la artista Marina Abramovic. La artista recibió el Premio al Mejor Artista Internacional vivo en ARCO’07. La artista presentó en ARCOmadrid dos fotografías de gran formato de su proyecto 8 Lessons on Emptiness with a Happy End, en 2008. La obra surge de la experiencia de la artista en Laos, al observar que todos los niños tenían armas de juguete.

En este trabajo Abramovic se cuestiona cuál es el impacto de las imágenes de la guerra y de la violencia que se muestran en la televisión, en el cine o en los video juegos, asimismo reflexiona sobre la realidad del mundo y en particular sobre la de los niños.

La imagen muestra la situación de miles de niños en todo el mundo. En este caso las armas que portan estas niñas de Laos son de juguete, pero en muchos otros lugares del mundo los niños son raptados y obligados a llevar armas de fuego (muchas veces abultan más que ellos mismos) y se les obliga a utilizarlas para su propia supervivencia.

jueves, 5 de mayo de 2011

Siete razones para ayudar

El film, dirigido por el italiano Gabriele Muccino, con el que Smith ―excepcional en su papel— trabajó también en la película En busca de la felicidad, repitió el mismo éxito taquillero que ésta última. En Siete almas el actor interpreta a Ben Thomas, un agente del servicio de Hacienda estadounidense empeñado en ayudar a gente con problemas, por motivos que al principio de la película no quedan del todo claros para el espectador. Una de las personas a las que decide ayudar es Emily Posa (Rosario Dawson), una mujer que necesita un trasplante de corazón y debe mucho dinero por las facturas médicas que acumula.

Lo cierto es que la trama de Siete almas es mucho más compleja que todo esto y la primera media hora de la película puede resultar algo confusa, incluso sin sentido, pero a lo largo del film Muccino aprovecha para explicarnos quién es Ben Thomas y qué lo ha llevado a hacer algunas de las cosas extrañas que hace.

Curioso, prácticamente inverosímil. Y es que Thomas esconde un secreto… Una abismal, ineludible y trágica culpabilidad es el motor principal de Siete almas, una arriesgada propuesta rendida desde su mismo arranque a la capacidad de su protagonista para lograr la empatía del espectador. Arriesgada, porque se obvia totalmente la presentación del personaje, de suerte que el despiste es la nota imperante durante buena parte del metraje, losa en cierta medida insalvable por mucho que una emotividad desgarrada pero contenida impregne una historia en la que las relaciones entre los participantes de la obra tardan una eternidad en ser dibujadas totalmente. Así, caminamos de un lado a otro junto al eje del drama, sospechando con mayor o menor acierto muchos atisbarán su motivación en los primeros rollos del film qué se esconde tras su errática pero férrea disposición caritativa, casi mística, volcada en la ayuda a un prójimo para él anónimo pero siempre sufridor.

Sentimientos a flor de piel inundan cada segundo de las vidas de un pianista ciego, de una joven y hermosa muchacha a la espera de un trasplante de corazón, de una madre soltera acosada por su ex pareja… En definitiva, una sobredosis de humanidad afligida que pulula en torno a un aturdido Ben Thomas tornado en tótem pacificador en lo físico y lo espiritual, centro de una narración lenta que culmina en un clímax sorprendente y notablemente resuelto, cúspide de un amor y dolor que consigue lo que pretende: grabarse en nuestras memorias y nuestros corazones. 




domingo, 24 de abril de 2011

CÓDIGO FUENTE

8 MINUTOS PARA CAMBIAR LA REALIDAD

Un soldado herido en una misión en Afganistán, forma parte de una misión en la que a través de un programa informático, despierta en el cuerpo de otra persona en un tren que ha sufrido un ataque terrorista. El protagonista —un excepcional Jake Gyllenhaal― tiene tan sólo ocho minutos para averiguar quién ha colocado la bomba en el tren. Ocho minutos solamente.

Código fuente presenta múltiples giros y consigue hacer algo diferente en un mismo espacio y tiempo en el que parece que ya lo hemos visto todo y se va a repetir. El director del film, Duncan Jones, descubre sus cartas y muestra la enorme distancia que separa nuestros deseos de la realidad, aquello que siempre anhelamos y lo que en realidad tenemos.

¿Cuántas veces hemos de experimentar las mismas sensaciones o vivir las mismas experiencias para darnos cuenta de lo que de verdad queremos? Código fuente lo explica de una forma sencilla, donde la sombra de Philip K. Dick navega sin disimulo —la suplantación o anulación de personalidad para encontrarse con el yo verdadero—, y donde lo que realmente importa no es quién es el terrorista o qué es el código fuente. Esa sería la trama superficial. Sin embargo, dentro de sus imágenes, Código fuente desvela otra historia, aquella en la que las elecciones que se toman en un determinado momento determinan el futuro, y los recuerdos que nos pesan pueden ser liberados con una simple llamada de teléfono. Esa historia en la que a veces la realidad es más dura y cruel que los deseos, sólo posibles en los sueños.